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SI CONFESAMOS NUESTROS PECADOS


“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad. Si dijéremos que no hemos pecado, lo hacemos á él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.”
1ª Juan 1:9,10


Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados”, dice nuestro texto. Aquí nos enfrentamos cara a cara con el asunto solemne de que somos pecadores y para ser salvos debemos confesar nuestros pecados. ¿Cómo podemos hacerlo?. La Biblia nos señala el camino, indicándolo claramente en Romanos 10: 9 cuando dice “Que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”. Por este pasaje podemos entender que esta confesión la hace el propio pecador, es decir usted, con su propia boca, directamente al Señor Jesús, sin intermediarios, no en un confesionario, no ante una autoridad religiosa, no con sacrificios ni penitencias, simplemente elevando una oración a Dios, una conversación directa con Dios. Basta que reconozca su condición de pecador y que sepa que nadie puede sacarle de esa condición a no ser por el único y eterno Salvador. Por lo que debe darse cuenta de que solamente eso debe hacer y lo debe hacer hoy, porque de no hacerlo, corre el riesgo de que mañana ya no tenga tiempo, porque ya se acabó su oportunidad.

Lamentablemente el hombre cree que puede disponer del tiempo y de la vida; actúa como si el mañana le perteneciera y como que es poseedor de una larga y generosa vida, que la puede ordenar él mismo con todo un poder que a todas luces es engañoso. Se olvida de Dios. Y usted está en el mismo peligro, ya que no ha querido arreglar  todavía su relación con Dios, hasta prefiere a los amigos o bien sus compromisos y quehaceres. Y se le pasa el tiempo. Está perdiendo su derecho a ser feliz. Encomiende su vida al Señor.

Cuenta el predicador JORGE TRUETT, que en una ocasión estaba terminando el culto de oración en la iglesia donde era pastor, la gente estaba en pie y él estaba pronto a despedir la  asistencia con la bendición,, cuando en ese momento entró rápidamente  al templo un médico cristiano y le dijo al pastor: “Pastor, haga que se sienten las personas, tengo algo que decirles. Se sentó la concurrencia y luego expuso la situación de un hombre de la ciudad, muy conocido, cuya esposa era muy consagrada. El médico dijo, que el hombre estaba muy enfermo y que acababa de dejarlo después de haber tenido una junta de cinco médicos. La opinión de los cinco médicos era que, de acuerdo a la ciencia humana, este hombre moriría antes del amanecer, que ya no era posible hacer nada por él. Pero dijo el doctor: “Yo creo en Dios, y confío en que Él puede hacer todo aquello que las manos humanas e inútiles no pueden hacer”. Después dijo el doctor:”Le dijimos al enfermo exactamente como está su caso; y está terriblemente desesperado porque no está preparado para morir. Por un momento trató de cogerse a algo y finalmente me dijo: “esta noche se reúnen los creyentes en el templo para orar, y agregó, “Doctor, apresúrese a ir para que le diga a las personas de la iglesia a donde asiste mi esposa, que oren, que yo prometo solemnemente, si Dios me da la vida, que cuando esté bien y pueda levantarme de esta cama, iré a la casa de Dios a buscar su rostro y que seguiré el camino de Él.

Cuando el doctor terminó de contar este encargo, el pastor dirigió la oración, guió a la congregación, y pidieron que Dios le concediera vida, y que cuando recuperara la salud, acudiera también al templo y que viviera desde ese momento en armonía con Dios. A la mañana siguiente, el doctor llamó al pastor por teléfono y le dijo que la crisis había pasado y que el enfermo estaba sorprendentemente mejor y que sin duda viviría. Día tras días siguieron las buenas noticias, hasta que sanó totalmente, el milagro se había producido. Como respuesta a una llamada telefónica le contestaron: “ya anda por la calle y está casi bien”. En los días siguientes el pastor lo encontró en la calle y se alegró mucho de verlo totalmente recuperado. El pastor le preguntó si el domingo estaría en la casa del Señor, a lo que el hombre contestó: “estoy muy atrasado en la correspondencia, tengo muchas que contestar, he perdido tanto tiempo que quiero pasar el día de mañana revisando la correspondencia. El pastor siguió insistiendo, a fin de que cumpliera con su promesa de acudir a la casa de Dios. A lo que el hombre contestó  “estaré allí otro día”. El pastor retuvo sus manos al despedirse y le dijo: “Amigo, usted ha regresado de las puertas del sepulcro. Usted ha sido librado como respuestas a nuestras oraciones. Nosotros oramos de acuerdo con la promesa que usted hizo para que cuando se aliviara daría su vida al Señor. A lo que el hombre, alejándose contestó: No, ahora no puedo, los negocios me comprometen ahora.

Pasaron las semanas y nunca asistió, cuando la noticia vino diciendo que estaba junto a algunos amigos, conversaban alegremente, cuando de repente este hombre tembló, se puso las manos en la cara y cayó pesadamente al suelo, y de esta forma este hombre que se olvidó de Dios, en un momento y sin previo aviso pasó de esta vida , para cosechar lo que había sembrado.

Tal hombre es el tipo del pecador endurecido, el pecador que bajo presión hace promesas a Dios y luego se olvida.

Querido amigo: ¿No será usted uno de los que ha endurecido su corazón?

 

Carlos E. Martínez Romero
Pastor